Una picazón que comienza en los pies y sube hasta las rodillas es la alerta que saca del río, en menos de cinco minutos, a los areneros que trabajan cerca del puente de Ancón Sur. Cuando la sienten, ellos saben que deben regresar a tierra firme porque es entonces cuando el río va a cambiar de color y cualquier herida que tengan en la piel se torna dolorosa.
“Pasa casi todos los días. A veces es a las 4:00 a.m., y otras entre 5:00 y 5:30 de la mañana. El río se pone muy azul y a veces es tan fuerte que ya se ve es como negro. Así pasó el lunes pasado”, dice uno de ellos mientras mete una pala en el lecho del cuerpo de agua.

El hombre, con unas cuantas arrugas en la cara, ni siquiera pide que omitan su nombre. No cree que las empresas que están ahí dejen de “pintar el agua” porque desde hace un par de años las ve hacerlo todos los días.
Conoce, por ejemplo, que varias empresas han instalado cámaras de seguridad que apuntan al río y a las vías aledañas para identificar a los extraños que llegan en la madrugada buscando las manchas de colores.
Ha visto varias veces -dice- a los “campaneros” que avisan de fábrica en fábrica cuando hay personas con chalecos reflectivos preguntando por los responsables de la producción. Y es testigo de cómo el color sale cada día más temprano, buscando camuflarse entre la oscuridad de la noche.
“Antes uno veía el agua de colores a cualquier hora. Ocho, nueve de la mañana. Ya es en la madrugada porque saben que en Medellín la gente anda pendiente del color del río. Cuando tengo que entregar bultos de material temprano ya toca empezar desde la noche, porque en cualquier momento ese ardorcito te saca y es mejor no meterse… después uno parece un perro rascándose todo el cuerpo”, sentencia mientras le exige a los hombres de los chalecos reflectivos apagar sus lámparas.

A la caza del infractor

Los hombres de los chalecos son ingenieros y técnicos del Área Metropolitana del Valle de Aburrá y Corantioquia. Son las 3:30 a.m. de un miércoles y en cinco grupos de dos personas recorren una extensa zona entre el puente Ancón Sur y el de La Tablaza, en busca de evidencias de coloración en el río Medellín y sus afluentes.
A esa hora, cuando es más oscuro, sus armas más valiosas son linternas y cámaras de fotografía, con las que captan las evidencias que luego servirán para procesar a los responsables de los vertimientos.
Tan pronto las linternas se encienden, encuentran la primera pista: la quebrada La Tablacita está convertida en una enorme mancha de color rojo oscuro que pocos metros más adelante cae al río Medellín. “¡Color!” grita uno de los investigadores y los demás corren a ver.
Aunque a ojos de cualquiera este podría ser un resultado, realmente el trabajo apenas comienza. Alrededor de la quebrada hay varias bodegas, con una decena de fábricas diferentes que a esa hora tienen su producción a tope. La misión del equipo es establecer de cuál de todas ellas proviene la descarga contaminante.
Para eso es necesario revisar las tuberías e, incluso, entrar hasta la propia fábrica. “Para poder sancionar a esas empresas, casi que es indispensable sorprenderlas en flagrancia. De lo contrario, los equipos jurídicos de las empresas usarán cualquier elemento de la ley para decir que la contaminación no provenía de sus instalaciones”, dice Mauricio Preciado, director de la Unidad de Emergencias Ambientales del Área Metropolitana.
En esta zona la autoridad ambiental es Corantioquia, por eso son los hombres de esa entidad los que ingresan a una empresa textil y comprueban que es desde allí que sale el agua roja. “Tuvimos una falla técnica”, explica uno de los responsables de la empresa, mientras trata de evitar que los funcionarios le impongan medida preventiva.
“Con esa medida lo que hacemos es exigirle a la empresa que pare todos sus vertimientos hasta que no mejore el tratamiento de aguas residuales. O sea, deben parar de evacuar todas sus aguas, hasta que garanticen que cumplen con los estándares. Luego de eso, se hace un informe técnico para determinar si la empresa debe ser sancionada económicamente. Si viola la medida preventiva, dentro del proceso se considera un agravante”, explica Liliana Taborda, jefe territorial del Aburrá Sur en Corantioquia.
Mientras eso sucede, a escasos 800 metros, los investigadores encuentran un nuevo vertimiento. Esta vez es una quebrada pequeña, también está de color rojizo y a una temperatura tan alta que crea una columna de vapor sobre el afluente. Tras una rápida búsqueda, se identifica el lugar de procedencia: otra fábrica textil.
De nuevo la autoridad ambiental ingresa, revisa qué máquinas y tanques están operando, y comprueba que desde allí sale el agua roja y caliente. Esta vez la explicación del responsable de la fábrica es que hubo un accidente laboral con uno de los operarios.
“Ninguna empresa está autorizada a hacer vertimientos con temperatura. Ese es un agravante porque además hay una alteración del pH y otros elementos del río”, explica Mauricio Preciado.

Una aguja en un pajar

La búsqueda continúa hasta después de que amanece. Los investigadores caminan por zonas agrestes, siguiendo las laderas del río y buscando cualquier cambio visual.
Con la luz del día llega el apoyo de un dron que pertenece al Sistema de Alerta Temprana del Valle de Aburrá, Siata. El aparato sobrevuela el sector y detecta un nuevo cambio de color en la quebrada La Tablacita, donde se encontró el primero.
Pero cuando los investigadores regresan hasta ese punto, ya el vertimiento paró. Nadie se sorprende. “Eso nos pasa muy seguido”, dice Mauricio Preciado.
El vertimiento de color azul esperado hoy no se registró. El arenero, que ya salió del agua, dice que las cámaras hicieron su trabajo: “los vieron desde temprano. Ellos no son bobos. Depronto en la noche boten esa agua. Nunca se sabe”.
Fuente: El Colombiano