Cuando el artista y diseñador holandés Daan Roosegaarde fue por primera vez a Beijing y se asomó por la ventana de su hotel, no pudo ver nada de lo que pasaba en el exterior. Una espesa capa de humo negro lo cubría todo. Ni personas, ni carros ni aves aparecían en el turbio paisaje. La escena de contaminación le pareció tan desgarradora y preocupante que, al regresar a su país, empezó a idearse un proyecto para limpiar el aire de estas urbes nocivas.
Irónicamente, el smog de la capital China fue su inspiración para construir, junto con su equipo de trabajo, un purificador enorme de siete metros de altura capaz de limpiar 30.000 metros cúbicos de aire cada hora, usando tan solo 1.170 vatios de electricidad, lo mismo que una tetera eléctrica.
La torre de aluminio, que hace parte del Smog Free Project, funciona con tecnología de ionización positiva: tiene un sistema de ventilación en la parte superior que aspira el aire, luego lo almacena en una cámara donde se cargan las partículas y finalmente se libera el aire hasta un 75 por ciento más puro, dependiendo de los vientos, la humedad y la ubicación.
La infraestructura –que ya se ha colocado en Róterdam, Cracovia, Tianjin, y próximamente en México, Colombia e India– lo que hace es crear una especie de burbuja limpia, del tamaño de un estadio de fútbol, en espacios públicos como parques.

La escena de contaminación le pareció tan desgarradora y preocupante que empezó a idearse un proyecto para limpiar el aire de estas urbes nocivas.

“Nosotros no imaginamos que una torre vaya a solucionar todos nuestros problemas ambientales. Se trata, creo yo, de la fusión entre la ciencia y la tecnología, pero también de mostrar la belleza de lo que significa el aire limpio y aterrizar el tema a la agenda global para crear conciencia”, le dice Daan Roosegaarde a EL TIEMPO.
“Muchos dirán que contaminar está bien porque no nos cuesta nada, ¿verdad? Porque hacer algo por reparar este desastre siempre será más caro que no tomar acciones; pero para hacerlo se necesitan gobiernos con visión a largo plazo”, continúa.
Y es que la contaminación atmosférica no solo supone riesgos para la salud humana, sino una zancadilla para el crecimiento económico de un país, para el capital natural, la producción de alimentos, justo cuando se necesita dar de comer a una población que crece rápidamente, además de abrir un debate moral: ¿cómo medir el dolor que causan las enfermedades respiratorias y cardiovasculares por inhalar micropartículas de un aire dañino día tras día, o la incomodidad de salir siempre, al trabajo o a jugar, con un tapabocas encima?
El dique Afsluitdijk fue cubierto con una capa retrorreflectante que en la noche, al estar en contacto con los faros de los más de 20.000 carros que pasan a diario, se ilumina. Foto: Studio Roosegaarde

El dique Afsluitdijk fue cubierto con una capa retrorreflectante que en la noche, al estar en contacto con los faros de los más de 20.000 carros que pasan a diario, se ilumina.
Foto: Studio Roosegaarde

Según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde), en el 2060, la contaminación aérea externa (porque también ocurre en el interior de las casas por el uso de leña para cocinar, por ejemplo) causará entre seis y nueve millones de muertes prematuras al año, en comparación con tres millones en el 2010. En otras palabras, significa que cada 5 segundos, una persona perderá la vida. En total, más de 200 millones de personas morirán prematuramente en los próximos 45 años por esta razón.
También se prevé que los casos nuevos de bronquitis en niños entre 6 y 12 años lleguen a 36 millones por año en 2060, y 10 millones casos nuevos para los adultos, contra 3,5 millones que ocurren actualmente. ¿Están el sistema de salud, los hospitales, las empresas preparados para afrontar este escenario que a gritos pide acciones urgentes?
“Las ciudades se están convirtiendo en máquinas que nos están matando; entonces, empecemos a hacer máquinas que nos traten mejor”, cuenta Roosegaarde. “Fue así como me empecé a cuestionar cómo podemos usar el diseño y la tecnología para introducir los valores más importantes del siglo XXI: el aire limpio”.
Para el arquitecto, que también estudió artes visuales, es necesario redefinir el concepto de belleza. “Tal vez, un bolso Louis Vuitton no sea tan hermoso, pero podría serlo más si limpia el aire sucio que va a tus pulmones. Esa es la nueva belleza. Es sobre ciencia, tecnología y sobre decir ¿saben qué? Ya no estamos dispuestos a aceptar la polución y queremos ciudades que sean buenas para nosotros y por eso haremos lo que podamos para mejorar el mundo a nuestro alrededor”, explica.
Esta enorme aspiradora de polución, que diseñó hace unos cuatro años, se abre como una nave espacial cada mes con el fin de sacarle los desperdicios que quedan guardados en su interior. Cuando Roosegaarde y su equipo se preguntaron qué hacer con estos residuos, al analizarlos se dieron cuenta de que el 42 % de lo que quedaba en la máquina era carbono, y el carbono a alta presión se convierte en ¡diamantes!

Las ciudades se están convirtiendo en máquinas que nos están matando; entonces, empecemos a hacer máquinas que nos traten mejor

Así que ahora venden anillos en cuyo interior hay una pequeña caja comprimida de color negro con el smog capturado de alguna ciudad, recubierta por una capa transparente y brillante. Según Roosegaarde, las partículas en el anillo se consideran tan peligrosas que si se inhalan pueden acortar la esperanza de vida de un adulto entre seis y ocho años.
“Quiero tener ciudades que sean buenas para mí, para los humanos: con aire limpio, agua limpia, energía limpia, y por eso todos nuestros proyectos van encaminados a eso. Todos los diseños que hacemos son prototipos de las ciudades del mañana. Parece simple, pero es realmente difícil porque necesitas gobiernos interesados en la sostenibilidad y diseñadores creando cosas y trabajando conjuntamente para mejorarlas. Necesitamos más: más innovación, más ideas, más progreso, más diálogo”, concluye.
Fuente: El Tiempo